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JUVENTUD INFORMADA

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¿Por qué hacer nuevos amigos se vuelve más difícil después de la universidad?

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En la escuela bastaba compartir salón, encontrarse todos los días y quedarse platicando después de clase. Después llegan el trabajo, los horarios y las responsabilidades. Hacer nuevos amigos sigue siendo posible, pero algo importante desaparece: las oportunidades de coincidir.

Entras a la universidad y hay personas por todas partes.

Compartes salón, haces equipos, esperas al profesor, comes con alguien, te invitan a una fiesta y terminas conociendo al amigo del amigo de alguien que acabas de conocer.

Muchas de esas relaciones nunca se convierten en amistades.

Pero algunas sí.

Después llega la vida adulta y aparece una sensación extraña:

¿Dónde conoce uno nuevos amigos ahora?

Antes no tenías que organizar una amistad

La escuela y la universidad tienen algo que quizá no apreciamos mientras estamos ahí: nos obligan a coincidir.

Vemos a las mismas personas varias veces por semana durante meses o incluso años.

Y eso facilita algo esencial para que una relación avance: pasar tiempo juntos.

Una investigación publicada en Journal of Social and Personal Relationships encontró que el tiempo compartido está relacionado con la cercanía que desarrollamos con otras personas. También encontró que no todo el tiempo cuenta igual: convivir voluntariamente y hacer actividades de ocio juntos favorecía más la cercanía que simplemente compartir trabajo o clases.

En otras palabras: sentarte ocho horas junto a alguien no lo convierte automáticamente en tu amigo.

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Entonces llega el trabajo

Y las condiciones cambian.

Quizá tienes compañeros y hablas con ellos todos los días, pero al terminar la jornada cada quien regresa a su vida.

Otros amigos comienzan una relación, cambian de ciudad, tienen hijos, trabajan horarios distintos o simplemente adquieren nuevas rutinas.

Y tú también.

El problema no necesariamente es que a los adultos se nos haya olvidado hacer amigos.

Puede ser algo bastante menos dramático:

tenemos menos oportunidades espontáneas para construirlos.

Las amistades necesitan una cosa bastante cara: tiempo

El investigador Jeffrey Hall estudió cuánto tiempo puede requerir que una relación avance desde ser conocidos hasta convertirse en una amistad cercana.

Sus resultados no funcionan como cronómetro —no existe una hora mágica en la que alguien se convierta oficialmente en tu amigo—, pero muestran algo interesante: la cercanía necesita muchas horas de convivencia.

Los estudios analizados por Hall apuntan a decenas de horas para desarrollar una amistad casual y alrededor de 200 horas o más para que algunas relaciones alcancen niveles de amistad cercana.

Ahora piensa:

¿Cuándo fue la última vez que pasaste 200 horas con una persona que acababas de conocer?

Ahí puede estar parte de la respuesta.

Conocer gente tampoco basta

Puedes ir al gimnasio todos los días y no hablar con nadie.

Puedes trabajar con veinte personas y no conocer realmente a ninguna.

Puedes tener miles de seguidores y sentir que no tienes a quién llamar un viernes por la noche.

Porque para que aparezca una amistad normalmente hace falta algo más que estar físicamente cerca: conversar, repetir encuentros y decidir dedicarle tiempo a alguien.

Y esa última parte se vuelve menos automática después de la universidad.

Quizá haya que volver a coincidir

Esto no significa lanzarte mañana a preguntarle a un desconocido si quiere ser tu mejor amigo.

Significa recuperar algo que antes ocurría naturalmente.

Volver al mismo gimnasio.

Inscribirte a un taller.

Practicar algún deporte.

Participar en un club.

Aceptar una invitación.

Quedarte diez minutos más después de una actividad y conversar.

Y, especialmente, volver.

Porque una amistad rara vez comienza con una conversación espectacular.

Muchas empiezan con algo mucho más sencillo:

—¿Vienes la próxima semana?

—Sí.

—Nos vemos.

Y se vuelven a ver.

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